EL DIBUJO MUTANTE DE CARMELO FONTÁNEZ


Por Rafael Trelles


“Contra toda opinión, no son los pintores sino los espectadores quienes hacen los cuadros.”

 

Marcel Duchamp 



El ojo de Carmelo Fontánez está muy atento al universo formal que lo rodea; mira y calibra las escalas tonales y cromáticas de la obra de arte que elabora su mano. Pero también, su mirada de pintor se interesa por cosas que aparentan ser más triviales. Cosas sencillas del diario vivir pueden detonar la creatividad de un artista: un pedazo de cristal roto, las ásperas texturas de las montañas dolorosamente cortadas por la autopista, la frenética actividad de una cantera de piedra con sus molinos derramando chorros de grava molida, o las cualidades táctiles de un trozo de carbón. Estas experiencias y observaciones tan disímiles, junto a las investigaciones formales que comenzó en los años setenta, han reanimado a Carmelo Fontánez a experimentar nuevamente con los fundamentos del dibujo. 


Como primer paso revolucionario Fontánez destierra el papel de su mesa de trabajo y pone a flotar las partículas de carbón, grafito y pastel entre placas de cristales sobrepuestos. El resultado es un objeto de arte que navega entre las aguas de la escultura y el dibujo. Son cajas de pequeño formato que –- con excepción del papel –- conservan todos los componentes del dibujo tradicional incluyendo el marco con su cristal, pero reorganizados por la imaginación creadora del artista. 


Después de años desarrollando una vasta obra en el campo del dibujo abstracto, Carmelo Fontánez ha decidido llevar el medio un paso más allá, haciendo énfasis en la plasticidad del material y alejándose de la huella que deja este sobre el papel. En su nuevo trabajo revalora las cualidades físicas de sus instrumentos de trabajo: la belleza escultórica de los lápices, el lustre metálico de las finas barras de grafito desnudo, la opacidad del pastel y el lápiz de color, la riqueza textural del carbón en sus diferentes modalidades, triturado, en polvo, vegetal y comprimido y las luminosas y delicadas líneas que generan la quebradura de un vidrio; estos son los elementos formales que construyen sus nuevos dibujos tridimensionales.


El reemplazo del soporte de papel por los cristales sobrepuestos obliga al dibujante a pensar como escultor. Ahora la cercanía y lejanía de los planos no sólo se da por las variaciones tonales y texturales, sino también por la ubicación de los materiales depositados en el espacio real entre las diferentes placas de cristal. La tridimensionalidad resultante invita a la observación detallada y oblicua, además su belleza y nitidez conecta a estas cajas con la estética digital, aun cuando es evidente su sencillez artesanal.


El particulado cae entre los cristales como cascadas de polvo y diminutas piedras que se detienen allí donde el borde brillante del vidrio cortado impone su límite, formando delgadas acumulaciones de material. Así, una vez más el método del dibujante y del escultor se intercambian cuando las líneas, tan esenciales para el diseño y la composición, en vez de dibujadas, son ahora cortadas en el cristal. Las piezas de vidrio funcionan como las plantillas de un grabado, estableciendo relaciones espaciales entre formas negativas y positivas.


Las transparencias que antes lograba el Maestro Fontánez, con delicadas gradaciones de grafito sobre papel, ahora son reemplazadas y acentuadas por lo translúcido del cristal. La electricidad estática y otros fenómenos no anticipados por el autor hacen que el polvo de grafito y de carbón se adhieran sobre la brillante superficie de los vidrios creando sutiles veladuras. Como contrapunto visual se imponen las texturas a veces densas, formadas por el material triturado en varios grados, así como la acumulación de minas de lápiz mecánico y fragmentos diversos de puntas de lápices y barras de pastel. La cinta adhesiva que mantiene los numerosos cristales en su lugar atrapan algunos de estos fragmentos que cuelgan móviles de los bordes o se mantienen misteriosamente erguidos, aportando novedad a las siempre mutantes composiciones de estas cajas.


Digo que son mutantes porque el material depositado en el interior de estas cajas está suelto y carece de fijador. Su ubicación en el espacio cambia según el movimiento, la posición de la caja y la acción de la  gravedad, restringido a su vez, por el diseño de vidrio hábilmente cortado por el artista. Además, como el propio Fontánez apunta, no sólo existen dos dibujos opuestos y simultáneos en cada caja, uno por delante y otro por detrás, sino que cada vez que el espectador mueve una caja se construye un dibujo sobre otro anterior. Por ende no estamos viendo el dibujo original que el autor creó, sino la suma de todos los dibujos provocados por la azarosa manipulación de la caja a través del tiempo, ya que cada movimiento deja la huella de los materiales grabada sobre los cristales. De esta manera “La creación parece rebelarse contra el designio de su creador como un Frankestein” nos dijo Fontánez en una reciente conversación. Y más aun, el acto de creación es continuado por el espectador, convirtiéndose en cocreador de la obra de arte.


La incorporación del movimiento, el tiempo y el azar nos hacen recordar algunos antecedentes históricos como el Futurismo, el Dadaísmo, las cajas de Joseph Cornell y los móviles de Alexander Calder. No podemos dejar de evocar la figura de Marcel Duchamp y su obra emblemática El Gran Vidrio. Notemos que al igual que las cajas de Fontánez, El Gran Vidrio es una caja de cristal de varias placas dentro de un marco. Ambos eligen el cristal como soporte, valorando su transparencia y su capacidad de integrar el espacio circundante a la obra. Duchamp incorporó la rotura accidental de su vidrio como parte del resultado final de su pieza, así como Fontánez acepta que el azar transforme el contenido de sus cajas. Para Carmelo Fontánez las marcas de polvo y el hongo que crece pegado al cristal son parte de su cambiante obra. Por otra parte, Marcel Duchamp intencionalmente “crió” polvo durante meses sobre la superficie de su vidrio que luego barnizó. Sin embargo, la intención estética de ambos artistas va por caminos opuestos. Sabemos que la obra de Duchamp era eminentemente conceptual y antiretiniana pretendiendo “evitar todo lirismo formal” y aspirando a lo que él llamó “belleza de la indiferencia”.  


En contraste, la obra actual de Fontánez mantiene una sorprendente continuidad  con su dibujo abstracto anterior. Ha logrado adaptar al nuevo medio su antiguo vocabulario de formas orgánicas en contraposición dinámica; su elegante e inteligente manejo de los espacios y su gusto por el contraste de texturas. No obstante, encontramos algunas composiciones antropomórficas de gran belleza que apuntan hacia direcciones poco transitadas por el autor. Y para no dejar de sorprendernos, en las piezas que utiliza los numerosos y pequeños lápices de madera introduce sutilmente elementos y títulos que inducen al relato. 


Para el público poco conocedor de la larga trayectoria profesional del artista, la presente exhibición puede interpretarse como un intento de renovación gratuito desconectado de su trabajo anterior. Nada más lejos de la verdad. Durante la década de los setenta Fontánez fabricó sus primeras cajas de madera y placas de plexiglás. Esa primera vez fueron rellenadas con sal, aserrín coloreado, diminutos papelitos, cuentas de plástico, canutillos, lentejuelas, "rinestones", etc. Fueron exhibidas en exposiciones del Recinto Universitario de Mayagüez, del Instituto de Cultura Puertorriqueña y del Certamen de la U.N.E.S.C.O. en Puerto Rico. 


Tal vez el origen de estas cajas está ligado a la estética heredada de los años sesenta tan dada a la utilización de plásticos transparentes en el diseño de interiores. Más sin duda, y según nos confía el artista, su origen está vinculado con los gratos recuerdos de su infancia; época dorada en donde la felicidad plena era alcanzada junto a la máquina de costura de su madre, mirando la luz refractarse a través de una cajita de plástico transparente llena de canutillos de colores. 


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La exhibición titulada “PARTÍCULAS” se llevo a cabo en el Museo de Arte Contemporáneo de Puerto Rico, del 20 de mayo al 10 de julio de 2005.

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CARMELO FONTÁNEZ CORTIJO

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